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Con una actuación descollante de punta a punta a bordo del Chevrolet Onix del JPM Racing, el Misil de San Vicente dominó el fin de semana, selló una maniobra antológica en la serie y en la final y rindió un sentido homenaje a la memoria de Alex Conci y a su querido abuelo “El Vasco”

RÍO CUARTO | Hay victorias que se computan en una tabla de posiciones y otras que quedan marcadas a fuego en el pecho. Lo que construyó Gastón Iansa este fin de semana en su regreso al Turismo Nacional pertenece sin duda a la segunda categoría. El piloto sanvicentino protagonizó un retorno perfecto, de esos que parecen guionados por el destino: fue el dominador absoluto de la actividad y ratificó por qué su apodo de «Misil» describe tanto su voracidad en la pista como su capacidad para sobreponerse a las adversidades.
A bordo del rendidor Chevrolet Onix alistado por la estructura del JPM Racing, el volante sanvicentino no dejó resquicio alguno para las dudas. Se plantó en el asfalto con la determinación de los grandes y construyó un triunfo que sacudió los cimientos del automovilismo nacional por contundencia y por carga emocional.
La maniobra del fin de semana: voracidad pura en la largada

Si algo caracteriza el manejo de Gastón Iansa, es esa intuición afilada para resolver maniobras en fracciones de segundo. La final presentaba un desafío de fuste: quebrar la resistencia de Valentino Quattrocchi, quien se había ganado el derecho de partir desde la pole position.
Sin embargo, el semáforo rojo se apagó y el Misil desplegó su manual. Con una largada agresiva, quirúrgica y decidida —calcada a la obra de arte que ya había ejecutado en su serie ante Juan Ignacio Canela—, Iansa emparejó la marcha del líder y capturó la punta sin titubeos. A partir de allí, no hubo discusión. Dominó el ritmo de la carrera de punta a punta, gestionó las distancias con una frialdad técnica admirable y transformó la competencia en un monólogo veloz.
El corazón manda: lágrimas, memoria y dedicatoria al cielo


Al caer la bandera a cuadros, la adrenalina le dio paso a una emoción incontenible. Al descender del Onix, Iansa alzó los brazos y buscó el cielo con una mirada que encerraba mil batallas. Los destinatarios de esa plegaria silenciosa eran claros: el entrañable Vasco, su abuelo y guía de siempre, y su inolvidable amigo Alex “Chucky” Conci, a quien Gastón ya había sabido honrar en esta misma categoría en aquella histórica y conmovedora carrera tras su partida.
Minutos después, frente a los micrófonos de la transmisión oficial, el Misil desnudó su alma. Con la voz quebrada y lágrimas en los ojos, dejó ver su costado más humano: el de un deportista extremadamente sensible, empático y agradecido, alejado de cualquier postura triunfalista, a pesar de la dura pelea que está dando para poder hacer lo que mas ama, que es correr, pero la debacle presupuestaria hoy es una barrera difícil de superar, incluso para un talentoso com Iansa.
El pulmón familiar: Leticia y Luis, el motor silencioso
Este triunfo tiene un valor superlativo por el contexto. Con un presupuesto acotado, peleando cada apoyo publicitario peso a peso y tras meses difíciles donde el sabor amargo de la incertidumbre amenazó su continuidad deportiva, Gastón Iansa demostró que el talento y el temple no se compran.
Detrás de cada acelerada está el pilar invisible pero inquebrantable de sus padres, Leticia y Luis. Ellos son quienes cargan en sus espaldas el desvelo cotidiano, quienes han entregado la vida entera para que su hijo pueda competir y quienes más sufren cada fin de semana desde el otro lado del paredón de boxes. La victoria no solo devolvió a Gastón a lo más alto del podio: fue una caricia al alma y una recompensa enorme al sacrificio de toda la familia Iansa.


El Turismo Nacional recuperó a una de sus figuras más queridas y espectaculares; San Vicente, a su campeón de la gente.
Creditos de todas las imagenes, sitio oficial de APAT