![]()
Nicolás Mantegazza y Gastón Granados encabezaron en San Vicente una cumbre clave con referentes de distritos gobernados por la oposición o en tensión interna. Sin romper con Axel Kicillof ni dinamitar puentes con Máximo Kirchner, el polo municipalista se consolida como el articulador indispensable de la reconstrucción peronista hacia 2027.

SAN VICENTE | El peronismo de la provincia de Buenos Aires atraviesa una transición silenciosa pero determinante. Lejos de la pirotecnia mediática y de las trincheras testimoniales, la denominada Liga de Intendentes acelera su dinámica de acumulación política con un criterio rigurosamente territorial: gobernar la trinchera y proyectar poder real desde el primer mostrador del Estado.
El último movimiento estratégico tuvo como epicentro la emblemática Quinta 17 de Octubre, en San Vicente. Allí, el jefe comunal anfitrión, Nicolás Mantegazza, junto a su par de Ezeiza, Gastón Granados —dos de los puntales más activos de este engranaje—, abrieron las puertas a una nutrida comitiva de dirigentes, referentes y cuadros intermedios de la Tercera Sección Electoral.
La lectura política del espacio es nítida: el Partido Justicialista bonaerense adeuda un ordenamiento integral tras los últimos giros del mapa nacional, pero esa reorganización no puede sustentarse en imposiciones cupulares ni en disputas estériles por la conducción formal. La Liga no nació para disputar palmo a palmo el liderazgo institucional del gobernador Axel Kicillof ni para desatar una guerra de desgaste contra Máximo Kirchner al mando del PJ provincial. Por el contrario, su razón de ser radica en consolidarse como una alternativa sólida, federativa y municipalista, capaz de amortiguar las tensiones entre las distintas corrientes del frente y blindar el poder comunal con legitimidad electoral directa.
En ese esquema, el diálogo de alto nivel no es una contradicción, sino una herramienta de arbitraje. Los recientes contactos de los jefes comunales con Máximo Kirchner y con el senador formoseño José Mayans demuestran que la Liga busca gravitar como el interlocutor central del justicialismo. Sin embargo, su verdadero valor diferencial no descansa en las oficinas legislativas, sino en el barro comunal. Por eso, el despliegue hacia los denominados “sin tierra” cobra un peso vital: dirigentes con inserción real, inserción barrial y estructura propia encuentran en este bloque un canal de tracción concreta.
“Mantuvimos un encuentro junto a Gastón Granados y compañeros del peronismo, en el que coincidimos en la mirada y en los desafíos que tiene por delante la Argentina. Seguimos apostando al diálogo y a la unidad del movimiento”, sintetizó Mantegazza tras el cónclave. La consigna de la unidad no es meramente retórica; en los códigos de la Tercera Sección, significa que ningún distrito puede quedar desatendido ni librado a la improvisación electoral.
El bloque —que reúne voluntades de peso como Federico Otermín (Lomas de Zamora), Gustavo Menéndez (Merlo), Mariel Fernández (Moreno), Federico Achával (Pilar) y Marisa Fassi (Cañuelas), entre otros intendentes— asume el rol de una potente “cuarta pata” en la mesa de decisiones de la provincia de Buenos Aires. Su premisa fundacional es indiscutible: cualquier proyecto de poder que aspire a devolverle la iniciativa al peronismo debe forjarse desde abajo hacia arriba, sosteniendo las gestiones locales y validando a los nuevos emergentes.
El 2027 se construye en el presente. Con pragmatismo, gestión cotidiana y una agenda descentralizada, la Liga de Intendentes consolida su musculatura política y ratifica que, en el tablero bonaerense que se avecina, nadie podrá definir el rumbo del justicialismo sin sentarse a discutir con quienes manejan el pulso real de los municipios.