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N de la R
A un año de la condena contra la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, el Intendente de San Vicente, y presidente del Partido Justicialista local, Nicolás Mantegazza, volvió a fijar una postura que no es solo un acto de lealtad, sino un diagnóstico preciso de la degradación democrática en Argentina: “Seguimos sosteniendo la misma convicción: Cristina es inocente”. Frente al avance de la persecución, el mandatario local trazó una línea clara: la única respuesta posible a la proscripción es más militancia y más organización para conquistar una patria justa.
Sin embargo, las palabras de Mantegazza exigen levantar la mirada para observar el reverso de la misma moneda. Mientras el “Partido Judicial” operó con precisión quirúrgica para sacar de la cancha a la mayor líder popular del país, hoy ese mismo entramado mira para otro lado ante el fango de corrupción que empieza a ahogar la retórica de la “transparencia libertaria”.
El ensañamiento contra Cristina Fernández de Kirchner nunca tuvo que ver con la justicia; tuvo que ver con la política. Se montó un dispositivo de persecución y proscripción diseñado en oficinas que nada tienen de republicanas, con el único objetivo de obturar un proyecto de país soberano. El lawfare no busca la verdad, busca el disciplinamiento.
Pero el tiempo, que es un gran ordenador, se está encargando de desnudar la monumental hipocresía de quienes se hamacaban en las banderas de la moralidad. Hoy, el gobierno de Javier Milei cruje bajo el peso de sus propios escándalos, y la pasividad de Comodoro Py empieza a resultar obscena.
Mientras a la militancia popular se la juzga con prisiones preventivas y condenas escritas de antemano, a los funcionarios de la nueva “casta” se los protege con el silencio de los tribunales y trajes legislativos a medida.
“Creemos en una Argentina con justicia, pero nunca en la utilización del Poder Judicial para perseguir a quienes ampliaron derechos y transformaron la vida de millones de argentinos y argentinas” agregó Mantegazza

El relato oficial del “no hay plata” y la “anticorrupción” se pulverizó con la investigación del llamado Caso $LIBRA —la presunta estafa cripto promocionada desde la propia cuenta del presidente Milei— han dejado de ser rumores de redes para convertirse en peritajes que complican directamente al entorno presidencial, revelando presuntos borradores de acuerdos por 5 millones de dólares y llamadas cruzadas en el mismísimo momento del lanzamiento del activo digital.
Y en el ojo de esa tormenta aparece el jefe de Gabinete, Manuel Adorni. El vocero que venía a dar cátedra de moralidad pública, hoy se encuentra acorralado por las sospechas de desvío de fondos y recaudación espuria a través de fundaciones; su vinculación directa con los cerebros del entramado de $LIBRA; y el blindaje de la “Inocencia Fiscal” para salvar un patrimonio bajo la lupa que incluye millones de dólares imposibles de justificar, más allá de las insólitas explicaciones que dio en una reciente nota “periodística”.
Ante este escenario, la pregunta que resuena es inevitable: ¿Dónde están los fiscales de la patria que se desvelaban por las causas armadas? ¿Dónde están las tapas de los diarios exigiendo la destitución inmediata de quienes usaron el sillón de Rivadavia para promocionar lo que la justicia internacional ya investiga como un megafraude digital?
La declaración de Nicolás Mantegazza toca la fibra más íntima del peronismo bonaerense. El llamado a la militancia y la organización no es solo para resistir el embate judicial contra Cristina; es para construir la alternativa frente a un gobierno que destruye la industria, pulveriza el salario y, en paralelo, monta esquemas de negocios financieros opacos en las narices de todo el pueblo argentino.
El “Partido Judicial” ya no puede ocultar su complicidad. Actúan como el brazo ejecutor de la proscripción popular y como el escudo de impunidad de la timba libertaria. Por eso, el camino trazado desde San Vicente es el correcto: frente a la trampa de los tribunales adictos, la respuesta siempre será la verdad histórica, las convicciones firmes y el pueblo organizado en la calle.
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